Etiqueta: Obispado

  • Peregrinando hacia la Pascua

    El próximo miércoles iniciamos la cuaresma. Dios nos concede un año más un tiempo de gracia para prepararnos con corazón reconciliado y renovado a la celebración gozosa de la Pascua del Señor. Este año Jubilar lo hacemos como peregrinos de la Esperanza. La muerte y resurrección de Jesucristo es el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza. La muerte no fue para Jesús la última palabra sobre su vida. La palabra definitiva la pronunció su Padre Dios, resucitándole a la vida gloriosa y eterna junto a Él. Y esa es también nuestra promesa, la Esperanza que no defrauda, porque nada ni nadie puede separarnos del amor de Dios, manifestado y ofrecido en Jesús (cf. Rm 8,35.37-39.

                La Pascua no es un acontecimiento del pasado sino que permanece siempre actual por la fuerza del Espíritu Santo. A los bautizados, la cuaresma nos llama a recordar y reavivar nuestro bautismo, por el que fuimos incorporados a la muerte y resurrección de Jesús, renacimos a la vida nueva de los Hijos de Dios y fuimos incorporados a su familia, la Iglesia. La cuaresma es un tiempo propicio para renovar la fe y la esperanza y para dejar que se avive nuestro amor a Dios y a los hermanos por la oración, el ayuno y las obras de caridad. Así nos prepararemos para la renovación de las promesas bautismales en la Vigilia pascual.

    “Convertíos  y creed en el Evangelio” (Mc  1,15), nos dice Jesús al inicio de la peregrinación cuaresmal. Convertirse es volver la mirada y el corazón a Dios con ánimo firme y sincero. Para ello hemos de escuchar de nuevo y acoger con fe confiada la buena Noticia: Jesucristo, muerto y resucitado, es nuestra Esperanza. En Jesús, Dios nos ama a cada uno y nos ofrece su amor personal e infinito para que, creyendo en Él, tengamos Vida plena, eterna y feliz. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, se entregó hasta la muerte por amor a cada uno de nosotros. Cristo está vivo y nos ofrece su vida, su amistad y su salvación. Él nos indica el camino para alcanzar la felicidad que anhelamos y la salvación que buscamos. Él nos quiere llevar a la comunión de vida consigo. Quien escucha su voz entrará en la tierra prometida, en el gozo del Paraíso.

    Puede, que, por la dureza de nuestro corazón, nos resistamos a Dios y nos cerremos a su voz y a su amor. Volvamos la mirada y el corazón a Dios, dejémonos encontrar por su amor misericordioso y vivamos en adhesión amorosa a Dios y a sus mandamientos, y así el amor al prójimo y a toda la creación. No nos cansemos de orar, porque nadie se salva sin Dios. No nos cansemos de pedir perdón en el sacramento de la Penitencia, porque Dios no se cansa de perdonar. Y no nos cansemos de hacer el bien en la caridad activa hacia el prójimo.

    XCasimiro López Llorente

    Obispo de Segorbe-Castellón

  • Congreso nacional de Vocaciones

    Hace unos días hemos celebrado en Madrid el Congreso nacional de Vocaciones. Juntos nos pusimos a la escucha del Señor, para profundizar en la pregunta que el Papa Francisco nos hace en su Exhortación Christus Vivit (n. 286): “¿Para quién soy yo?”. Nos preocupa la falta de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Pero sobre todo nos preocupa que la existencia no se entienda y viva como vocación. Esto ocurre en todos los ámbitos sociales. Está en crisis entender la vida como vocación, y con ello la comprensión de lo que somos. La cultura actual propone un modelo de ‘hombre sin vocación’, totalmente autónomo, señor de su vida y existencia, sin apertura ni referencia alguna a Dios, donde cada cual opta o elige un camino según sus propios deseos. Esto ocurre también en la Iglesia al plantear el futuro de niños y jóvenes.

                El Congreso ha mostrado que una comprensión creyente de la persona nos descubre que todos recibimos de Dios una vocación y una misión. “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” (Gn 1,27). Dios, que es amor (1Jn 4,16), nos crea por amor a su imagen y semejanza. Nuestra identidad más profunda es que Dios llama a cada uno a la vida por amor para una existencia plena y dichosa en el amor. Este es nuestro origen y nuestro destino en el plan de Dios: somos llamados a la existencia por amor, para amar y ser amados, y llegar así a la plenitud del amor de Dios en vida la eterna. Cristo nos muestra que el verdadero amor consiste en la donación y entrega total por el bien de los demás.

                La vocación es un don que se recibe y se entrega. Toda vocación nace en Dios y es una llamada para donarse a los demás. La vocación no es una elección personal basada en intereses propios, sino un don gratuito que ha de acogerse con agradecimiento y vivirse como respuesta agradecida al amor de Dios y no como conquista personal. Dios llama por amor y su llamada envía a extender el amor. La vocación se descubre en la amistad con Jesús. ”Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15,15). Esta amistad nos define como cristianos, transforma nuestra vida y nos impulsa a vivir en comunión de amor con Dios para los demás. Esta amistad se cultiva especialmente en la oración. Una pastoral vocacional debe centrarse en fomentar la amistad con Cristo y ayudar a cada persona a descubrir su lugar en la comunidad cristiana.

                En la Iglesia hay y conviven diversas vocaciones: la sacerdotal, la consagrada, la laical y la matrimonial, cada una con su riqueza y especificidad, al servicio de las demás. Cada vocación contribuye a la misión común de extender el Reino de Dios. Todos hemos sido llamados por el Espíritu a la plenitud de la vida cristiana: la santidad, cada uno según su propia vocación y misión.

    XCasimiro López Llorente

    Obispo de Segorbe-Castellón

  • Encuentro diocesano de la Infancia

    Nuestra Diócesis se prepara para el Encuentro diocesano de la Infancia. Tendrá lugar el sábado, 22 de febrero, en el Seminario diocesano Mater Dei. Este Encuentro sustituye a la Jornada de Infancia Misionera y la amplía a todos los niños y niñas de 7 a 12 años, que se encuentran en el proceso de Iniciación cristiana. Será una alegría encontrarnos con centenares de niños y niñas venidos de toda la Diócesis, acompañados por sus padres, catequistas, profesores y sacerdotes.

    En palabras del Papa Francisco, Jesús llama a todos los bautizados a ser sus discípulos misioneros para llevar a todo el mundo la alegría del Evangelio. Porque el amor que Dios nos ofrece en su Hijo Jesús está destinado a todos. También los niños y niñas están llamados a amar y seguir a Jesús y a llevarlo a los de cerca y a los de lejos.

                Estos niños y niñas se encuentran en el proceso de Iniciación cristiana. No olvidemos que se trata de un proceso en el que interactúan la acción gratuita y precedente de Dios y la acogida personal en libertad del amor gratuito de Dios. Para ello hemos de anunciarles que Jesús vive, que los ama personalmente a cada uno y que está a su lado para ayudarlos, sanarlos y salvarlos; hemos de acompañarles para que se encuentren cada uno con Jesús en la escucha de su Palabra, en la oración y los sacramentos, e invitarles al seguimiento de Jesús en su vida en el seno de la comunidad cristiana y de animarles a una respuesta clara en su compromiso misionero para llevar a otros al conocimiento de Jesús y ayudarles en sus necesidades.

                No podemos hurtar a los pequeños poder escuchar la llamada de Jesús a compartir su misión. Recordando el Congreso nacional de vocaciones, recién celebrado en Madrid, también a nuestros pequeños hemos de ayudares a hacerse la pregunta: “¿Para quién soy yo?”. Así podrán ir descubriendo la llamada que Jesús les hace, el camino concreto de su seguimiento y la misión que Él les encomienda como bautizados.  

                El lema del Encuentro es “Comparto lo que tengo”; el mismo de Infancia misionera de este año, que está en continuidad con el del año pasado: “Comparto lo que soy”. La misión a la que llama Jesús no es sólo a dar cosas. Los niños y niñas pueden y deben compartir lo que cada uno es: su fe, su amor a Dios y al prójimo, su pertenencia a la Iglesia. Y pueden y deben compartir también lo que tienen: su alegría, su oración, su cariño y también, ¿cómo no?, su aportación económica. Quien ha tenido la dicha y la experiencia de conocer, de encontrarse con Jesús y de seguirle, se lo dice a los demás; comunica con su palabra y su vida aquello que ha experimentado, visto y oído. Compartir lo que soy es compartir lo poco o mucho que tengo con los que menos tienen.

    X Casimiro López Llorente

    Obispo de Segorbe-Castellón

  • “Compartir es nuestra mayor riqueza”

    Cada mes de febrero, Manos Unidas presenta su Campaña anual contra el hambre y la pobreza entre los más desfavorecidos de la tierra. Este año lo hace bajo el lema “Compartir es nuestra mayor riqueza”. Desde 1959, esta Asociación de la Iglesia Católica en España trabaja contra el hambre y la pobreza en el mundo y por el desarrollo de los países y pueblos más empobrecidos de la tierra. A través de proyectos concretos está ayudando a mejorar las condiciones de vida de millones de seres humanos. Por desgracia quedan aún muchos desafíos. La pobreza sigue golpeando a muchas personas en ámbitos tan básicos como el acceso al trabajo digno, la alimentación, el agua y el saneamiento, la vivienda, la salud, la educación, la participación o un medioambiente adecuado. Aproximadamente 733 millones de personas pasan hambre en el mundo y 700 millones viven en pobreza extrema.

                El hambre, la pobreza y la desigualdad en el mundo –consecuencia de una prosperidad no compartida- son contrarias al plan de Dios. Hay muchas causas estructurales de esta situación. En su raíz aparecen siempre el egoísmo personal y de grupos y la insolidaridad entre los pueblos. En muchas ocasiones, el afán de lucro desmedido se pone por encima de los derechos de las personas y de la justicia debida a personas y pueblos. Se olvida la dignidad inherente a todos los seres humanos por ser criaturas de Dios. Dios ha hecho un solo mundo sin distinción ni privilegios, para que hagamos de esta tierra una casa común y caminemos hacia la fraternidad universal.

                Manos Unidas apela a cada uno de nosotros, a toda la sociedad y a los gobiernos a compartir la riqueza. No nos podemos cerrar a nuestros hermanos que pasan hambre, sufren la miseria, son víctimas del egoísmo insolidario y viven la opresión de la injusticia infligida por sus propios hermanos. Manos Unidas nos recuerda que compartir es nuestra mayor riqueza y que hacerlo es lo que importa si queremos ayudar a cambiar la situación. Compartir exige un cambio de mente y de corazón, de actitudes y de comportamientos, del modo de organizar la sociedad, el comercio y la relación entre los pueblos. Es necesario un cambio profundo y una renovación moral así como generar nuevas relaciones entre las personas y los pueblos y formas nuevas de situarnos ante la creación y sus recursos.

                 El Papa Francisco en el presente Jubileo de la Esperanza nos pide ser signos de esperanza para tantos hermanos y hermanas que viven en condiciones de penuria: “Es necesario que cuantos poseen riquezas sean generosos, reconociendo el rostro de los hermanos que pasan necesidad”. Colaboremos con generosidad con Manos Unidas en la colecta de estos días.

    XCasimiro López Llorente

    Obispo de Segorbe-Castellón

  • En la Jornada Mundial de la vida consagrada

    Este Domingo, dos de febrero, es la fiesta de la Presentación del Señor. Cuarenta días después de Navidad, Jesús fue llevado al Templo por María y José para ser ofrecido y consagrado a Dios. Recordando la consagración de Jesús en el Templo celebramos en este día la Jornada Mundial de la vida consagrada. Las monjas y los monjes de vida contemplativa, los religiosos y las religiosas de vida activa, las vírgenes y todas las personas consagradas que viven en el mundo, todos ellos han escuchado y acogido la llamada amorosa de Dios a seguir las huellas de Cristo obediente, pobre y casto, se han consagrado a Él y han entregado su vida al servicio de la misión de la Iglesia para el bien de la humanidad. Son signo visible de la presencia de Dios en medio de nosotros.

                En sintonía con el Año Jubilar, el lema de este año es “Peregrinos y sembradores de esperanza”. Se pide a las personas consagradas caminar con esperanza y sembrar esperanza. Las dificultades actuales de la vida consagrada como la falta de vocaciones, el envejecimiento, el cierre de conventos y de obras educativas, caritativas y apostólicas podrían llevar a la tristeza o al desaliento de cara al futuro. Es precisamente en esta situación donde suena la llamada a caminar con la esperanza, que brota de la fe confiada en el Señor de la historia. Jesús nos sigue diciendo  “No ten­gáis miedo. Confiad en mi”.

                De otro lado, con frecuencia encontramos a personas desanimadas, que miran el futuro con escepticismo y pesimismo. Hay quienes han perdido toda esperanza, familias en dificultad, niños abandonados, jóvenes sin futuro, enfermos y ancianos abandonados, encarcelados desesperanzados, ricos hartos de bienes y con el corazón vacío, hombres y mujeres en busca del sentido de la vida y sedientos de lo divino. En estas situaciones, las personas consagradas están llamadas a sembrar esperanza, a poner signos tangibles de la esperanza que no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rom 5,5). Esta esperanza tiene su fundamento en Cristo Jesús, nuestra esperanza. Él es la esperanza que no defrauda y que permitirá a la vida consagrada seguir escribiendo una gran historia en el futuro, conscientes de que nos asiste el Espíritu Santo para continuar haciendo cosas grandes con nosotros.

                Unidos a Cristo y con Cristo en su Iglesia, los consagrados han de llevar esperanza a quienes la han perdido o mantenerla viva en donde se apaga. Llevar la esperanza hasta las fronteras, donde no llega nadie. Llevarla con libertad y disponibilidad, con amor y con ternura, con paciencia y perseverancia. Ser signo de esperanza es también crear relaciones fraternas en la propia comunidad, siendo fermento de fraternidad en medio de una sociedad fracturada, individualista y egoísta.

    XCasimiro López Llorente

    Obispo de Segorbe-Castellón

  • La Palabra de Dios: fuente de esperanza

    Este domingo, 26 de enero, celebramos con toda la Iglesia el Domingo de la Palabra de Dios. Esta Jornada está dedicada a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. En sintonía con el Año Jubilar de la esperanza que estamos celebrando, el Papa ha elegido como lema las palabras “Espero en tu Palabra” (Sal 119,74). Se trata de un grito de esperanza: el salmista, en un momento de angustia y tribulación, grita a Dios y pone toda su esperanza en Él.

                Todos tenemos esperanzas, pero lo que nos anuncia este Año Jubilar es “la Esperanza”, en singular. No se trata de una idea o de un optimismo ingenuo, sino de una Persona, viva y presente en la vida de cada uno: Cristo crucificado y resucitado, el único que nunca nos abandona. En palabras de san Pablo: Cristo Jesús es nuestra esperanza (cf. 1 Tim 1,1). Como el mismo Pablo escribe en otro lugar, nada ni nadie, ni tan siquiera la muerte “podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (cf. Rom 8,35-39)

                Esta es la certeza que nos da la fe para nuestro peregrinaje en esta tierra. En ella debemos crecer poniendo siempre nuestra mirada en la fidelidad eterna de Dios (cf. Heb 10,23). Porque Dios es eternamente fiel a sus promesas podemos confiar en Él y vivir con la alegría y la paz que dan el saberse siempre amados por Dios: es decir, podemos esperar. Teniendo la certeza de que se cumplirá la promesa, podemos esperar en la Palabra de Dios.

                Esta relación entre la fe en Dios, la fe en su Palabra y la esperanza la entendió muy bien aquel centurión romano que suplicó a Jesús sanar a su criado enfermo. Ante el deseo de Jesús de ir a curarlo, el centurión se declaró indigno de que entrara en su casa y le dijo: “basta una palabra tuya y mi criado quedará sano” (Mt 8,8). Le bastaba una palabra de Cristo para tener la esperanza cierta de que su criado quedará sano. Fue la fe en Jesús la que permitió al centurión entender que lo que suscita esperanza en la Palabra de Dios es, precisamente, que es palabra de Dios. Es decir, la palabra que Aquél que se dirige personalmente a nuestra necesidad de salvación y de vida eterna.

                La Palabra de Dios puede ser fuente de esperanza porque Dios sigue siendo la fuente permanente de la palabra misma. Sólo si la escuchamos como la Palabra de Dios aquí y ahora podrá alimentar en nosotros una esperanza inquebrantable, porque está fundada en una presencia que nunca falla. “¡Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo!” (Mt 28,20). Es la promesa de Jesús no sólo para el final de los tiempos sino para cada día, para cada instante de la vida.

    XCasimiro López Llorente

    Obispo de Segorbe-Castellón

  • El bautismo, don y tarea

    Hemos concluido el tiempo de la Navidad con la Fiesta del Bautismo de Jesús, a orillas del río Jordán de manos de Juan Bautista. El bautismo de Jesús recuerda entre otras cosas nuestro bautismo. Por el agua y el Espíritu Santo, en la fuente bautismal renacemos a la vida misma de Dios. El bautismo nos sumerge en el misterio pascual de Cristo, en el misterio de su muerte y resurrección, que nos lava de todo pecado y nos da una vida nueva. Dios nos hace sus hijos amados en su Hijo, nos hace hermanos de Jesús y nos incorpora a la gran familia de los hijos de Dios, a la Iglesia, para que caminemos juntos hacia la perfección en el amor y a la vida eterna. He aquí el don precioso y totalmente gratuito de nuestro bautismo. Conscientes de este don de Dios, el bautizado  ha de vivirlo con agradecimiento y alegría. Es una tarea prioritaria en nuestra Iglesia, cuando tantos bautizados se alejan de la fe, de la vida cristiana y de su Iglesia.  

                El don del bautismo es como una semilla llamada a germinar, crecer y desarrollarse para dar frutos de santidad de vida y de misión. Para ello ha de ser acogido y vivido personalmente; nuestra respuesta a Dios comienza por la fe, por la que creemos y confiamos en Dios, nos adherimos de mente y corazón a la persona de Jesús y su Palabra, acogemos su gracia en los sacramentos, le amamos con todo nuestro ser y seguimos sus caminos unidos a la comunidad de la Iglesia participando en su vida y misión. Todo bautizado está llamado a recorrer personalmente este camino espiritual para que se desarrolle en él el don recibido y para que pueda llegar a otros el Evangelio de salvación, pues está destinado a todos.

    “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). Son las últimas palabras de Jesús a sus discípulos antes de volver al Padre. Jesús pone así en manos de todos sus discípulos la tarea de ir por todo el mundo y anunciar el Evangelio. La Iglesia, formada por todos los bautizados, existe para evangelizar; esta su razón de ser y su gozo más profundo. A pesar de la secularización de nuestra sociedad, de los intentos de silenciar la fe cristiana o de las mofas blasfemas, los bautizados hemos de seguir anunciando a Jesucristo y el Evangelio, en privado y en público, de palabra y con obras.

    Todos los bautizados somos corresponsables de la vida y misión evangelizadora de nuestra Iglesia. Jesús espera la implicación activa de todos. Esta comienza con una fe personal en Cristo Resucitado, hecha vida, e insertos en la comunidad de la Iglesia, que  lleve a la participación activa en su vida y misión, hacia adentro y hacia afuera. Jesús pide que pongamos a disposición de la misión nuestras personas, nuestro tiempo, los dones recibidos gratuitamente de Dios y nuestra colaboración económica.

    XCasimiro López Llorente

    Obispo de Segorbe-Castellón

  • Orar por la unidad de los cristianos

    Desde hace más de un siglo, del 18 al 25 de enero, los cristianos de todas las Iglesias y comunidades eclesiales estamos llamados a orar a Dios para que nos conceda el don la unidad. Nos unimos así a su oración a Dios-Padre durante la última Cena: “Que todos sean uno…, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21). Tanto le importa a Jesús la unidad de sus discípulos que pide hasta cuatro veces que sean ‘uno’, a imagen de la unidad que se da entre el Padre y el Hijo.

    La actual división de los cristianos contradice abiertamente la voluntad de Jesús y la razón de ser de la Iglesia. Mal puede ser la Iglesia “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1), si ella está visiblemente dividida. La falta de unidad es un escándalo para el mundo y obstaculiza seriamente la tarea que Jesús encomendó a su Iglesia de predicar el Evangelio a toda criatura, más si cabe en tiempos de descristianización y secularización. Así como la unidad refuerza la misión de la Iglesia, la falta de unidad la dificulta y debilita. La Iglesia debe vivir una unidad que sólo puede derivar de su unión con Cristo.

                Así lo entendió san Juan XXIII al convocar el Concilio Vaticano II con estos dos grandes objetivos: la renovación interior de la Iglesia y la búsqueda de unidad entre los cristianos. El Concilio Vaticano II dio un fuerte impulso a la búsqueda de la comunión plena entre todos los discípulos de Cristo así como a la Semana de oración. Desde entonces, el movimiento ecuménico ha producido numerosos frutos visibles en diversos ámbitos, desbloqueando los rígidos muros que habían levantado las Iglesias y comunidades cristianas durante los últimos siglos. El diálogo entre católicos y los hermanos cristianos es una realidad incuestionable. Esto es razón más que suficiente para que los contratiempos no nos lleven al desánimo.

                La Semana de oración por la unidad de los cristianos sigue siendo un momento principal de la actividad ecuménica. Esta cita espiritual anual une a los cristianos de todas las confesiones y hace más conscientes a todos de que la unidad hacia la que tendemos no será sólo resultado de los esfuerzos humanos, sino que será sobre todo un don de Dios, que es preciso invocar siempre. La unidad es un don de Dios que surge de la oración perseverante y la conversión, y que hace vivir a cada uno según la verdad y la caridad (Benedicto XVI). Este ‘ecumenismo espiritual’, de que habló el Concilio Vaticano II, es el alma del verdadero ecumenismo. “La unidad de los cristianos, se logra caminando y rezando juntos, y con obras de caridad” (Francisco).          Oremos de modo más intenso durante esta Semana, esperando el día glorioso de la unidad visible de toda la Iglesia de Jesucristo.

    XCasimiro López Llorente

    Obispo de Segorbe-Castellón

  • Jesús, esperanza para el mundo

    Recién comenzado el año imploro la bendición de Dios para todos y cada uno de los lectores. Que el nuevo año sea un tiempo de gracia de Dios, un año de renovación espiritual y de prosperidad material, y un año en que reine la paz en vuestro corazón, en vuestras familias y en nuestra sociedad. Que las guerras den paso a una paz justa y duradera. Y que en este Año Jubilar se reavive en cada uno de nosotros la esperanza. Para ello hemos de fijar nuestra mirada en el Niño-Dios, que nace en Belén. Él es el príncipe de la paz, la luz que ilumina nuestros caminos y la esperanza que no defrauda.

    En la noche santa de Navidad nace en nuestra carne el Hijo de Dios, el “sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78). El Hijo de Dios viene a nuestro mundo para disipar las tinieblas del mal y de la muerte. Jesús es “la luz verdadera, que viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9). Él ilumina el origen, la existencia y el destino de todo hombre y mujer. Somos hechura de Dios, creados por amor y para el amor de Dios sin límites. El Hijo de Dios, asumiendo nuestra naturaleza humana, da a cada hombre y cada mujer una dignidad infinita que nada ni nadie le puede quitar; él da sentido y profundidad a nuestra existencia terrenal; él viene para sanarnos y salvarnos, para hacernos partícipes de la gloria de su inmortalidad. Jesús es nuestra esperanza.

                El seis de enero celebramos la fiesta de la Epifanía del Señor, más conocida como fiesta de los Reyes Magos. Epifanía significa ‘manifestación’. En la noche de Navidad, Jesús se manifestó en Belén como el Mesías y Salvador a los humildes pastores de la región; hoy se manifiesta como la luz y la esperanza para todos los pueblos, de todo tiempo y lugar. Los Magos, que llegan de Oriente a Jerusalén guiados por una estrella buscando al ‘rey de los judíos’ (cf. Mt 2, 1-2), representan a las primicias de los pueblos atraídos por la luz de Cristo. En Jesús, en aquel niño frágil y humilde, reconocen al Mesías esperado y buscado. Estos tres hombres representan a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que buscan a Dios, que cruzan mil penalidades y, al final, lo encuentran. En cuanto divisaron la estrella, se pusieron en camino. Es la nostalgia de Dios, de luz, de esperanza, de amor y de vida que todo hombre tiene en lo profundo del corazón.

                Los Magos se pusieron en camino y encontraron al Mesías. Es el camino del hombre humilde y honesto que busca el sentido de la vida, la felicidad y la esperanza que no defrauda, porque va más allá de las esperanzas inmediatas. Este camino no está exento de dudas y de oscuridades. Pero es un camino que, cuando el hombre es sincero consigo mismo y se abre a Dios, llegará al portal de Belén y se encontrará con ese Dios, hecho carne, que lo ama, lo espera y le da luz y esperanza.

    X Casimiro López Llorente

    Obispo de Segorbe-Castellón

  • Jubileo de la esperanza

    En la víspera de Navidad, el papa Francisco abría la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Comenzaba así el Jubileo ordinario 2025, que está centrado en la esperanza, bajo el lema “Peregrinos de esperanza”. Necesitamos reavivar la esperanza y poner signos de esperanza en un mundo escéptico y pesimista.

    Al hablar de esperanza hemos de distinguir entre esperanzas y esperanza. Las esperanzas expresan la tendencia humana por conseguir algo deseado como un bien. A veces no se cumplen y crean desaliento y desasosiego. Y, aun cuando se cumplan, no colman totalmente nuestros anhelos; y se vuelven a programar nuevos proyectos y a aspirar a nuevas cosas. En cambio, la esperanza, en singular, indica el deseo de conseguir el bien total, la plena realización de sí mismo.

    De esta esperanza se trata en el Jubileo. A ella se refiere San Pablo cuando escribe que “la esperanza no defrauda, porque al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones” (Rom 5,5). Es la esperanza cristiana. No se basa en la debilidad humana ni en la incertidumbre de los acontecimientos, sino que está garantizada por el amor de Dios, que es eternamente fiel. Por eso no puede fallar. Colma plenamente los anhelos del corazón humano y es tan segura como Dios mismo. Por ella aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como la felicidad plena, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. Esta esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento y dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna.

                La esperanza cristiana se basa en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos nunca del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús (cf. Rm 8, 39). Él es nuestra esperanza. He aquí porqué esta esperanza no cede ante las dificultades: se fundamenta en la fe y se nutre de la caridad, y de este modo hace posible que sigamos adelante en la vida, también en la obscuridad, en la adversidad, en la enfermedad e, incluso, ante la muerte. Los creyentes en Cristo no estamos libres de situaciones difíciles y oscuras. No obstante, el cristiano permanece firme, ya que pone toda su confianza en Dios, sabiendo que el mal e incluso la muerte no tienen nunca la última palabra. Que el Jubileo sea para todos un momento de encuentro vivo y personal con Cristo. Dejemos que se avive nuestra esperanza, que permite vislumbrar la meta: el encuentro definitivo con el Señor Jesús.

    XCasimiro López Llorente

    Obispo de Segorbe-Castellón